42 años después

Yo tenía exactamente ésos,  cuarenta y dos, si la cuenta de la vieja, aunque viejo aún no fuese, no me falla, cuando mis compatriotas pusieron en marcha el reloj de la Constitución. Hoy es su Día, con D mayúscula, y la efemérides se celebra con gran alboroto por quienes la defienden, por quienes la lamentan, por quienes la quieren íntegra y por quienes desean maquillarla y repintarla aduciendo que, de no ser así, terminará abandonada en el desván de la historia o convertida en figura de cera. Todo es posible en esta España de hoy que baila sobre el alambre de la incertidumbre sanitaria, política y económica, y en la que nada, excepto la concordia y el futuro, es imposible.

En las últimas horas de hoy y en las del día anterior me han llamado de no sé cuántas emisoras de radio y cabeceras de la prensa digital ‒la de papel ya no existe, aunque algunas hojillas más o menos parroquiales queden por ahí‒ para preguntarme que dónde diablos estaba yo y qué demonios hacía el 6 de diciembre de 1978. He escurrido el bulto y me he negado a responder. ¿A quién demonios y diablos le importa eso?  El periodismo, en el que yo eché los dientes cuando era un niño de pantalones cortos y sueños largos, se ha transformado en un oficio de chismosos y de soplones. En mi libro El sendero de la mano izquierda, donde propongo al lector un código de conducta que le permita ir hacia él mismo y no hacia dónde va la gente, hay un dictum en el que aconsejo no hablar con periodistas o mentirles, cuando no queda más remedio, para que en vez de falsificar lo que de verdad piensas falsifiquen sólo tus embustes.

Pero en fin... Ya que se empeñan, responderé aquí a esa pregunta. Comienza un tedioso puente y no es cosa de ponerme antipático. Oh, témpora. Oh, mores. En diciembre de 1978 andaba yo, cosa rarísima por aquel entonces, en Madrid, después de haber vivido en los dos años anteriores al abrigo de la ciudad de Fez, en cuya universidad desempeñaba actividades docentes. Y, por supuesto, no voté, porque la Constitución me sonaba a chino y, seré sincero, me traía al fresco. Pese a mi aparente respetabilidad académica, mi ideario y mi imaginario eran los del movimiento anarcohippy, en el que durante muchos años había militado y en el que aún hoy me siento partícipe. Esta columna lo demuestra. La política, en contra de lo que pudiera parecer, nunca me he interesado, y ni siquiera lo hacía cuando a los dieciocho años me metí en el partido comunista y acabé dando con mis huesos en la cárcel, disfruté ‒disfruté, sí, sí‒ de varios procesos judiciales, de dieciséis meses en la trena, nueve de prisión domiciliaria y seis años de épico y trepidante exilio. Lo que a mí me interesaba era eso, no la política, sino el riesgo, la persecución, la adrenalina, y eso explica mi indiferencia hacia la Constitución, que no ha disminuido, hacia cualquier cosa que proceda de la partitocracia y hacia la res pública en general. Mi mundo es el de la res privada. No me siento ciudadano y, en consecuencia, no soy ciudadano, por más que los políticos se empeñen en que lo sea. No suelo votar, aunque en contadas ocasiones lo haya hecho movido por la curiosidad y no por la esperanza de que el veredicto de las urnas pueda poner palos en las ruedas de la segunda e inflexible ley de la termodinámica. Sé que todas estas consideraciones irritarán a muchos de los lectores de Estado de Alarma y quizá, incluso, a su director, pero en ellas se pone de manifiesto mi verdad, no, ciertamente, la Verdad. Acéptenme, amigos, cómo soy, porque pase lo que pase, digan lo que digan y piensen lo que piensen, no voy a dejar de serlo. ¿Creen ustedes que las Cartas Magnas dispensan felicidad, imparten justicia y garantizan la libertad?

Pues permítanme, en consonancia con esos lugares comunes, este desahogo: el de mi columna escrita precisamente el mismo día en que los políticos y los ciudadanos celebran o lamentan la efemérides del referéndum de la Constitución. Vanidad de vanidades, las de los unos y las de los otros. Yo, aquel día, el 6 de diciembre de 1978, tenía la mitad de los años que ahora tengo, pero era el mismo que ahora soy y que entonces se ocupaba, sobre todo, de las cosas de la literatura, que es el único mundo real, y estrictamente privado, en el que siempre me he movido. Veintidós días después de aquella fecha, el 28 del mismo mes, festividad de los Santos Inocentes, salió la monumental, por su tamaño, obra literaria a cuya elaboración había dedicado los siete años anteriores: Gárgoris y Habidis. Una historia mágica de España. Esa fue mi Constitución, y lo sigue siendo, aunque reformada sin prisa y sin pausa, a la manera de Goethe, por mis libros posteriores y los que aún, si la vida me lo permite, irán llegando. Yo sólo soy lo que escribo y sólo estoy en lo que he escrito. Quede claro. Permítanme ustedes, permítanmelo los políticos y permítanmelo la Constitución o lo que tras ella venga, que cultive mi huerto. No pido más. No espero más. Con eso me conformo. Déjenme escribir a solas. ¡Viva la literatura!

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