De Madrid al cielo

Hoy mi columna vuelve los ojos hacia un aniversario y los aparta de la realidad, que es cada vez más antipática, de la sociedad, que día a día me parece menos sociable y habitable, y de la política, que es sencillamente, y me quedo corto, repugnante. El aniversario es el del fallecimiento de Luis García Berlanga, que dejó este mundo traidor hace diez años y un día, en martes y trece, por cierto, precisamente él, que era la persona más supersticiosa, después de mi abuelo materno y de mi tío Jorge, que yo he conocido. Suelo decir y lamentarme de que casi todas las personas queridas se me mueren cuando ando lejos y no puedo ni despedirme de ellas ni acudir a su sepelio. Gajes de ser un viajero. La muerte de Berlanga me pilló en Pnom Penh. O sea: en las quimbambas.

Supe de ella cuando era tarde para unirme al duelo. Su tránsito no fue una sorpresa, pues andaba ya el hombre muy tocadito y con la cabeza en las nubes, que es donde en realidad siempre la tuvo, dicho sea como elogio, pero aun así… Rasca hoy, como entonces, su ausencia y duele la evidencia de que el cine español se quedó aquel día sin patriarca. También yo me sentí huérfano. Conocí a Berlanga cuando él era profesor mío, y de tantos otros, en el viejo Instituto de Experiencias e Investigaciones Cinematográficas, allá en los altos del antiguo hipódromo de la Villa que aún no había vuelto a ser Corte. Ingresé ahí gracias a él, colándome por una rendija oculta en aquel centro de enseñanza de muy difícil acceso. Sucedió en septiembre de 1955. Contado está en mi libro más reciente: Galgo corredor, que es el segundo volumen de mis memorias y el retrato de una época. Yo era poco más que adolescente: diecinueve añitos. Él tenía quince más que yo. Había que superar el examen de acceso. Aprobé el escrito. Faltaba el oral.

Un minuto antes de que el cineasta Serrano de Osma, presidente del tribunal, me interrogara, alguien me pasó un soplo. «Va a preguntarte —dijo— quién, entre Bardem y Berlanga, te gusta más. Responde que el segundo.» Atendí el consejo. «¿Por qué?», me atornilló Serrano. «Porque Bardem es ingeniería y Berlanga arte.» Los jueves (o cuando fuera), milagro. Me convertí en el alumno más joven de aquel centro, aunque después, en el cine, no llegase yo a nada. No creo que Luis, astro ya en órbita y virtuoso en el exquisito arte de filmar entre líneas para burlar la censura, reparara entonces en mí.

Veinte años después, en el pub de Santa Bárbara, Julián Marcos, viejo amigo de tribulaciones antifranquistas y carcelarias, y también cineasta, además de poeta, me lo presentó. Había otras personas, todas cinéfilas. Acudí a la reunión, convocada para que los cachorros ya talluditos cerráramos filas alrededor del maestro, acompañado por una deliciosa francesita que luego se convirtió en madre de mi hija Aixa. Lo primero que hizo Luis fue levantarle la falda, con suma gentileza, después de consultarme con los ojos y de dar yo, sonriendo, mi aquiescencia. Quería saber si la muchacha llevaba liguero. Lo llevaba. Siempre pido a mis amores que luzcan medias. Medias, digo, nunca pantis ni leotardos ni otras prendas de blindaje púbico. Era ya mi novia. Luis me dio la enhorabuena.

Así, al calor del fetichismo y la erotomanía, nació nuestra amistad. Poco después tuvimos que elegir él y yo, junto a Umbral, a la chica más sexy de la noche en una fiesta de Pachá. Me las apañé para que saliera mi candidata y no la suya. Luis me la guardó. En el verano de 2002, comiendo juntos, y con más gente, en el Felipe II de El Escorial, adonde él había acudido para ejercer de sabio (lo era) en un curso dirigido por mí, se volvió a los comensales y les dijo que yo me había pasado la vida birlándole mujeres. No era, por desgracia, cierto. ¡Este Luis! Su sonrisa fue siempre vertical, como la colección de literatura erótica que fundó y dirigió en la editorial Tusquets. Nos intercambiábamos señas de mercerías. Premió un artículo mío dedicado al zapato de tacón de aguja casi hipodérmica.

En la sede central del Instituto Cervantes, y en su Caja Mágica, dejó un legado secreto que sólo podrá abrirse y desvelarse el 12 de junio de 2021, cien años después de su nacimiento. ¡A saber lo que habrá en él! Otro hombre de cine, Anthony Quinn, dejó en herencia un yate. Había en él una caja fuerte. Nadie tenía la llave. Por fin forzaron su cerradura, convencidos sus herederos de que dentro habría lingotes de oro, fajos de billetes o joyas valiosísimas, pero sólo aparecieron unas bragas. Puede que en el cofre del tesoro dejado por Berlanga en el Cervantes sólo haya lencería de alto vuelo. Yo, hoy, celebraré su recuerdo almorzando en Casa Marco, que era su restaurante italiano favorito y que está en la calle de Gaztambide, a dos pasos de donde Luis tenía su estudio. Iré con una chica, monísima y de falda alegre, que llevará medias, por supuesto, y lamentaré que Berlanga no esté allí para atisbarlas tras recabar mi permiso. Se lo daría, claro, a ver si de una vez por todas me perdonaba por birlarle las bonitas mujeres que nunca le birlé.

En fin... Diez años ya sin poder echarme unas risas y unas copas junto a aquel amigo que caía bien a todo el mundo. Seguro que san Pedro, al abrirle las puertas del paraíso con una llave en forma de muslo de mujer semicubierto por medias de rejilla, habrá dicho: «¡Bienvenido, Mr. Marshall, digo, señor Berlanga! De Madrid al cielo. ¡Huríes! ¡Al salón!»

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