De topos y topillos

SEGUNDA ENTREGA DEL ESTRAFALARIO NACIONAL

¿Se acuerdan del Séneca, ese portavoz de la sabiduría popular y de la retranca ibérica, émulo del inventado por Pemán en su día, del que ya di cuenta hace cosa de una semana, o quizá dos, en esta misma tribuna? Pues ha vuelto a hacerme partícipe de algunas de las consideraciones que le sugiere el grotesco y mortífero espectáculo de la gran carnavalada nacional en la que estamos inmersos. Transcribo sus observaciones...

Los topos. Los topillos, dice mi interlocutor con gesto de hastío. Los puñeteros topos. Los puñeteros topillos. Hay una invasión de topillos. Son topillos porque son pequeños, en su caso, de cuerpo, pero si fueran humanos serían pequeños de cerebro, con mala leche y con mala sombra. Los topillos son escurridizos. Los topillos se reproducen por cientos, por miles, por millones.. Los topillos invaden los campos, los sembrados. Horadan. Cavan galerías. Se comen las cosechas. Arruinan a los agricultores, a las buenas gentes del agro que aún arriman el hombro en la España Vaciada para que todos comamos en la España Urbanizada. Topillos puñeteros.

Baldomero le contaba a su vecino y amigo Restituto, mientras los dos tomaban un café en la barra del bar de su pueblo, que no sabía cómo librarse de ellos (de los topillos) y Restituto, muy sesudo, le recomendó llenar de pólvora las toperas, poner una mecha en cada una e ir prendiéndolas fuego para asarlos, freírlos y, en definitiva, eliminarlos.

Baldomero hizo caso a Restituto y siguió sus instrucciones al pie de la letra, pero cada vez que prendía una mecha por las trochas, surcos y esquinas de su parcela del campo, los topillos, todos los topillos, salían despavoridos y se iban al sembrado contiguo, que era, vaya por Dios, precisamente el de Restituto...  Y entonces fue Baldomero el que en la barra del bar recomendó a su amigo que cercase la finca con una valla de cuatro metros de altura con púas y saquitos de veneno. Y así lo hizo Restituto, pero no logró su propósito de eliminarlos porque los topillos, encerrados, enclaustrados, perimetrados (en bastardilla, porque va con segundas) y amordazados, comían dentro de los límites así establecidos, engordaban y seguían estando de mala leche.

Pues ahí tienes, concluye el Séneca, exactamente lo que sucede a cuento de esta vaina de la pandemia del coronavirus y todos nosotros. El gobierno va de ocurrencia en ocurrencia, de payasada en payasada, de tuntún en tuntún. No sabe lo que hace ni por qué hace lo que no sabe. Los topillos somos nosotros, cada vez de peor leche y perimetrados, enclaustrados, encerrados, amordazados. Pero Baldomero y Restituto, cruzados de brazos y de propósitos, incapaces de reaccionar, toman café en el bar, siguen tomando café en el bar, mientras el gobierno, tan impertérrito como ellos, aunque no cruzado de brazos, sigue de ocurrencia en ocurrencia, de disparate en disparate, de agravio en agravio a los sumisos depositarios de la soberanía popular, esa entelequia de una democracia inexistente. Siguen. Siguen. Siguen... ¿Por cuánto tiempo?

Y el Séneca pone fin a su soliloquio, pues no me ha deja meter baza, mientras yo me quedo pensativo durante  un rato y llegó, después, a la conclusión de que más pronto o más tarde, como siempre sucede en las carnavaladas, llegará el Entierro de la Sardina. Con esa ceremonia y otras similares se invitaba antes al pueblo a una reflexión colectiva. Supongo que estarán ustedes de acuerdo, cualesquiera que sean sus ideas o su ideología, en que ha llegado el momento de afrontarla.

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