El Séneca vuelve a las andadas

¿A qué no saben ustedes quién era el Séneca? Seguro que Luis María Ansón, compañero de colegio de quien esto escribe, y Alfonso Ussía, que conmigo comparte columnismo en esta misma cabecera, sí que lo saben, pues ambos son monárquicos de antigua data, como lo era aquel gran escritor, hoy por todos olvidado, que se llamaba José María Pemán. Fue buen poeta, vigoroso dramaturgo, magnífico conferenciante y, sobre todo,  excelente articulista que firmó muchas "terceras" de ABC. En ellas inventó ‒o no... Cualquiera sabe‒ y popularizó al Séneca, personaje de creación literaria o amigo suyo, que era un tipo sagaz, irónico, escéptico, burlón, ingenioso, inteligente, muy andaluz,  sin más título que el otorgado por su extracción y retranca popular, y dotado de los dos sentidos que convierten en sabias a las personas: el común y el del humor.

Pemán, que en gloria esté por más que la patria y la incultura general de los chicos de los planes de estudio y de los políticos progresistas ‒incluyendo a los del PP y Ciudadanos‒ se la niegue, dialogaba en sus artículos con esa especie  de Yoda anterior a la Guerra de las Galaxias, sometía a su consideración los asuntos entonces de actualidad ‒años cincuenta, años sesenta‒ y divulgaba los jugosos comentarios de su interlocutor a ellos concernientes, que no tenían desperdicio y hacían las delicias de sus lectores, y las mías, entre ellas.

Pues bien: yo también tengo a mi Séneca e iré dando cuenta aquí de los correos, pues es hombre atento, pese a su avanzada edad, a los adelantos de la tecnología más puntera, que de vez en cuando me envía. Es un profesor de literatura española, ya jubilado, que tuvo la desgracia de sentar cátedra de  durante muchos años en un centro docente de esa Cataluña que ya se escribe sin eñe y en la que se cumple ahora a rajatabla el apocalíptico dictum de un catalán de genio, que Xenius, efectivamente, en una de sus dos lenguas madre se apodaba. Me refiero a don Eugenio D'Ors, otro prohombre casi olvidado, y a su frase más célebre: «Todo lo que no es tradición», dijo, «es plagio», y acertaba.

No diré más, brindando así la protección del anonimato a mi corresponsal, tan necesaria en esta España de Orwell y del gobierno comunista del PSOE y de Podemos, donde el pensamiento libre sólo tiene cabida en el silencio de quien lo practica y donde el librepensador corre el riesgo de dar con sus huesos en la cárcel o con sus ahorros en el formulario de una multa. De modo que, sin permiso de Pemán, que anda ya el hombre en otras cosas y es de suponer que en el cielo, ganado a pulso de palabras y de talento, seguiré llamando Séneca a mi Séneca particular, que a partir de ahora comparecerá frecuentemente en mis columnas. Y hacerlo, que conste, no será por mi parte plagio, sino tradición y homenaje a su creador.

El día de Todos los Santos llegó a mi correo una jocosa parodia del Tenorio. Me la enviaba el Séneca así renacido y decía: «¿No es verdad, ángel de amor, / que en esta apartada orilla/ no hay que llevar mascarilla/ y se respira mejor?

«Mira, don Juan, yo por capricho/ no me arriesgo con el bicho».

Ese mismo día, comentaba el Séneca, me di una vuelta por el paseo central de la calle principal de mi ciudad y estaba llena de gente sin mascarilla, unos charlando, otros sentados en los bancos del paseo tomándose el café que no podían tomar en el bar y otros simplemente  paseando. Un desastre, creo yo, porque me consta que en otras ciudades la policía pone multas a los que no llevan esa suerte de bozal o de mordaza, pero aquí, supongo que por consignas políticas, eso no sucede. Cataluña, al parecer, tiene bula, quizá avalada, aunque no extendida, por los obispos catalanes del pintoresco Papa Francisco.

Pero en fin... Así están las cosas y habrá que aceptarlas.

Yo, no sé si por deformación profesional o por tocar las narices, me acerqué a un grupo de jóvenes (sin mascarilla) y les dije que, como era tradición del día, iba a recitarles una versión del Tenorio aplicada a la pandemia y a su caso. Lo hice y uno de los jóvenes se volvió hacia otro y a media voz le soltó: "El viejo está majara". Yo les dije adiós, en castellano, pero me reafirmé en la opinión de que la incultura, no sólo de los jóvenes más o menos botelloneros y lechuguinos, sino también de la inmensa mayoría de los españoles, es hoy proverbial. No saben qué es eso del Tenorio y quien lo cita, menos por viejo que por citarlo, está majara.

Con una tropa así, y con la  casi pareja incultura general del resto de los españoles, no es de excluir la lúgubre perspectiva de que este gobierno dure hasta que los jovencitos sobradamente preparados para no dar golpe lleguen a viejos.

Hasta aquí, lo que me ha escrito el Séneca. Y a mi plin, porque a viejo ya he llegado. Les aseguro que es la mejor época de la vida, aunque dure poco. Hasta más ver y oír, señores.

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