El sexo en el desván de los trastos inútiles

Cuelgo esta columna a las doce en punto de la noche del 24 de noviembre... O sea: ya es 25 de noviembre, Día Internacional de la Lucha contra la Violencia de Género. Sobra añadir, pero, por si las moscas cojoneras, lo añado, que condeno toda forma de violencia, física o psicológica, venga de donde venga y vaya hacia donde vaya, cualesquiera que sea la identidad sexual, étnica, religiosa o cultural de quien la practica. Dicho queda y, ahora, la columna, que viene a cuento del trasfondo político, social y sexual de esta jornada.

Lo que voy a leer es parte de un texto enviado por Ibn Asad, colaborador del semanario La Retaguardia, por mí fundado y dirigido en los meses de confinamiento, y ahora en compás de espera a la espera de un mínimo de financiación. Ibn Asad ‒sospecho, por lo que dice, que vive en Brasil, pero no me consta‒ es el heterónimo de alguien que me considera su maestro, lo que me honra, tanto si merezco serlo como si no, y me autoriza a adueñarme de cuanto en ese texto dice, aunque yo haya optado por eliminar los párrafos con cuyo contenido no estoy de acuerdo y a corregir algunas cosillas. Él puso un título que he convertido en subtítulo: Apocalipsis estético y fin de la erótica. He preferido llamarlo de un modo menos filosófico y más periodístico: El sexo en el desván de los trastos inútiles. También podría titularse La danza final de Kali. como el propio Ibn Asad sugiere, pero no estoy nada seguro de que el grueso de los lectores, tras los sucesivos planes de estudio de nuestra democracia y camino ya del siguiente, sepan qué se entiende por Kali, que es una diosa del panteón hindú, metafórica, como suelen serlo los dioses en las religiones politeístas.

De los muchos Signos de los Tiempos que las diferentes tradiciones recogen como indicadores del fin de este ciclo de vida (léase la autobiografía, El Hijo del León), ninguno de ellos consiste en que las chicas guapas de una ciudad se vistan de anestesistas. Jinetes, trompetas, humo, amaneceres desde el Oeste… pero ningún texto escatológico dijo nada del ambiente de sala de recogida de análisis clínicos que iba a haber cuando llegase la Hora.

Incluso en un país como Brasil, sensual, erótico, meca de la belleza femenina, universidad de artes hieródulas, templo internacional de Afrodita, incluso ahí el panorama actual resulta tétrico. Se empieza por taparse la boca, y se sigue por dejar de sonreír. Y si una mujer no puede mostrar la belleza de su rostro, ¿por qué mostraría la de su escote o la de sus curvas? Se acaba por ponerse ropa a juego con EPI´s sanitarios. La Garota de Ipanema lo tiene chungo para darse un paseo y llenar el mundo entero de gracia. Es que vaya cromo...

Si esto ocurre en Brasil, ni me puedo imaginar lo que está ocurriendo en su antípoda sexual con mis queridos compatriotas. En los últimos veinte años, España se ha convertido en uno de los peores países para tener relaciones sexuales. Ya antes del covid-19, España estaba al mismo nivel very hard para ligar que en Arabia Saudí o Irán. La pinza realizada por la Conferencia Episcopal y el Feminismo durante décadas contra cualquier expresión sana de la sexualidad culminó con la llegada al poder de la Sección Femenina de Podemos y su sharia antierótica. Y cuando se reprime Eros, explota Thánatos: justo después del anuncio de ley de Irene Montero en Marzo, llegó la orgía necrófila del coronavirus. Primero se criminaliza el deseo (Ley de Libertad Sexual), después se legaliza la muerte (Eutanasia). Primero se prohíbe decir un piropo, después se aseguran de ello con un bozal. Primero vino el "Sólo Sí es Sí" y después se pasa con el confinamiento al "No, que no, que te he dicho que no, que no salgas de casa, que no vas a follar en tu vida".

Resultado: los niveles generales de libido en caída libre, inversamente proporcionales a los gráficos de paro, pobreza, depresión y suicidio. Tengo amigos españoles con menos de cuarenta años que definitivamente han arrojado la toalla en lo que a vida sexual se refiere. Nadie habla de esto: son centenas de miles, es un ejército, una famélica legión sexual. Ellos suelen centrarse en el empleo (si lo tuvieran), en los videojuegos, en las redes sociales, para vivir a su bola, mientras ellas se hacen con un satisfyer  como sustitutos menos problemáticos que un varón tóxico. Resulta desolador... pero así es. Nadie lo dice pero alguien tiene que hacerlo y voy a ser yo: somos víctimas de una Guerra Mundial de Sexos que se ha llevado a cabo en los últimos años a través de una devastadora ingeniería social muy bien planificada. La bomba atómica de esta guerra mundial fue el covid-19; y el establishment, su Enola Gay. En Hiroshima, sólo con traje anti-radiación estará permitido hacer el amor.

Nunca me gustó el fetiche de la enfermera a diferencia de mi maestro Fernando Sánchez Dragó, que ve angelicales seres de luz en ellas. Lo confieso: comencé a preocuparme seriamente por nuestra supervivencia como seres humanos, cuando vi a millones de ellos aplaudiendo al personal sanitario en los balcones. Ahí vi las orejitas al lobo. Ahí dije: "Agárrate, que vienen curvas". Cuando después vi a las enfermeras bailando la Macarena y Beyoncé en videos de TikTok, me dije: "Chaval, apriétate los machos si es que aún tienes algo que apretarte" y empecé a construirme un búnker para mi modesto harén. Todo indica que esta vez no se trata de una falsa alarma: El Fin está cerca, Winter is coming, el milenarismo va a llegarrrrrrrrrrr. ¿En qué consiste la Nueva Normalidad? Nadie lo ha dicho con tal crudeza como lo voy a decir ahora: la Nueva Normalidad significa que se terminó definitivamente el sexo. Para siempre. A partir de ahora, será sólo cibernético, con aparatos, robots, pantallas, VR, lives, Tinder, sugar daddies, virtual crush, selfies, QrCode, Instagram, likes, cosas raras… pero el sexo que conociste, el de toda la vida, se acabó. Afrodita, celadora subcontratada. Vacunaron a Cupido. Venus con Burka FFP1. Mataron a Eros. Se acabó.

Enlace: Apocalipsis Estético y Fin de la Erótica

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