Estado de irritabilidad

Lo digo por mí. Así me encuentro en vísperas de la moción de censura que hará el paseíllo dentro de muy pocas horas. Uno de los efectos secundarios, daños colaterales o contraindicaciones ‒llámenlo como quieran‒ de la democracia es la sobredosis de politización que inyecta en las venas de la sociedad y de las personas que la integran. Ésa es hoy, y desde hace ya algún tiempo, la causa más directa de mi irritabilidad. Ésta, insisto, es de carácter estrictamente individual y nada tiene que ver con la crispación de los políticos propiamente dichos ni con la ansiedad generada en el común de los mortales por las secuelas psicológicas de la pandemia. Frente a ambas ‒ansiedad y crispación‒ soy inmune. Vivo ya, de por mí, aislado casi por completo de la sociedad, rarísimas son las ocasiones en las que voy a bares, ceno a las ocho y nunca salgo de noche. Evito también asistir a bodas, bautizos, primeras comuniones y demás tostones de esa laya, así que las medidas de confinamiento, alarma, restricción de la movilidad o toques de queda me afectan muy de refilón o más bien nada.

Eso por lo que hace a la ansiedad pandémica. En cuanto a la crispación de sus Señorías, de los tertulianos, de los tertuliasnos y de los politicastros partitocráticos, ya me dirán. Dicen que el mayor desprecio es no hacer aprecio, y a tan sabia máxima de máxima indiferencia estoica y desapego budista me acojo. Ahora bien... Lo que sí me afecta hasta el extremo de sumirme en ese estado de irritabilidad casi crónico al que más arriba hice referencia es el zafarrancho general de mecánica y contagiosa politización inducido por el abuso de la democracia. Franco, que demócrata, ciertamente, no era, aunque tampoco fuese un dictador en la acepción usual y ortodoxa de la palabra, dijo, según asegura una anécdota muy divulgada, que él no se metía en política. Y la aparente boutade era, en no escasa medida, cierta por la sencilla razón de que en los regímenes no estrictamente democráticos el grueso de la sociedad vive ajeno a la política y a sus politiqueos.

Tal evidencia puede gustar a algunos y disgustar a otros, pero evidencia es. Ahora, en cambio, la política lo invade todo, empezando por este diario digital que me permite decir lo que pienso, esté o no su línea editorial conforme conmigo. La madre de mi último hijo, que es japonesa, dice que los españoles siempre hablamos de política. Eso le aburre, y a mí, aunque mucha gente crea lo contrario, también. He vivido diez años, a intervalos, en Japón, y nunca he oído a nadie hablar allí de política. Nunca. No exagero. En China, en la antigua Indochina y en la India, tampoco. En el África Negra, menos. Son todos ellos lugares que conozco bien. La abuela de mi hija Ayanta, que era italiana y más bien de izquierdas, decía que hablar de política es de mala educación y lo mismo piensan los ingleses. Yo, que soy, malgré moi, español, y que cada vez con más desgana publico por aquí y por allá columnas como ésta, me veo obligado por el sistema político vigente en mi país, por las filias y las fobias de sus habitantes, por las circunstancias, por la eterna actualidad y por lo que de mí esperan los directores de las publicaciones en las que colaboro, a escribir sobre política.

Y eso, amigos, adversarios y lectores en general, si los hubiere, mi irrita sobre manera y me obliga a vivir a contrapelo de mis apetencias, de mi carácter y de mi vocación, que sólo es literaria. Hoy, por ejemplo, me siento vaga y enojosamente obligado a opinar sobre la moción de censura que durante un par de días, y los que luego vendrán, okupará, con ka y por cojones, si se me permite tan ruda y españolísima expresión, todo el blablablá de la prensa, de  la radio, de la tele, de los pocos bares que estén abiertos y de las mesas y sobremesas de los restaurantes y de los hogares. Pues ea... Basta ya. No voy a hacerlo. Lo dejo para otro día. ¡Pero si ya todo el mundo sabe que la iniciativa de Vox me parece una jugada maestra que, al margen de los algoritmos suscitados a la hora de votar y de los politiqueos expuestos en el transcurso de los debates, debilitará al gobierno, contribuirá a sacarle los colores y a exhibir en el ágora de la opinión pública sus vergüenzas, desenmascarará la hipocresía, la cobardía, la corrección política y la voluntad de suicidio del Partido Popular, difundirá a los cuatro vientos las verdades como puños que media España y buena parte de la otra media está deseando oír y convertirá a Vox, de cara a las próximas elecciones, que algún día llegarán, en el primer partido de la oposición al tándem socialista y comunista que hoy lo gobierna con claras opciones a hacerlo él!

¿Les parece poco? Pues a Casado, sí. No sólo poco, sino nada, ha dicho, mal aconsejado por sus edecanes. En fin, que no quería hablar de política y he acabado por hacerlo. Confío en que algún día no sea así y en que yo, ajeno por completo al inútil tráfago de la res pública, pueda volver a ser el que soy y a escribir lo que el corazón me pida y lo que me venga en gana. Sería bueno para mí y señal de que España ha dejado de ser el belicoso y ruidoso campo de Agramante en el que los políticos la han convertido. ¡Ojalá sea así! ¡Ojalá la democracia se reduzca a sus justos límites y deje de ser demagogia, griterío y oclocracia! Por eso y para eso es estrictamente necesaria la moción de censura que está a punto de ponerse a marcha.

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