Estrafalario nacional

El pasado miércoles colgué estas líneas en mi cuenta de Twitter... "Los periodistas, los tertulianos y los políticos son como loritos de repetición: ahora no se les caen de la boca y de la pluma el verbo perimetrar y sus derivados. Antes sólo los utilizaban los bomberos. ¿Por qué no limitar, delimitar, contener, encerrar, envolver, atajar...?".

Sincronicidad. Ese mismo día, poco después de colgar yo mi tuit, el profesor José María Fernández, jubilado ya de su cátedra de Literatura Española en la Universidad de Tarragona, envió a sus amigos, y a mí, entre ellos, un delicioso articulillo de uso no destinado a su publicación al que puso el título de Los agrimensores. Asumo yo la responsabilidad de darlo a conocer como sarcástica aportación, fallecido ya el inolvidable Berlanga, al estrafalario nacional y a lo que Luis Carandell, también inolvidable, llamó Celtiberia Show. ¡Qué país, Miquelarena!

El articulillo, goyesco, solanesco y valleinclanesco, del profesor Fernández, dice así...

LOS AGRIMENSORES

"Alejo Carpentier narra en El reino de este mundo una sucesión de hechos acaecidos en la isla de Santo Domingo que son tan maravillosos como reales, tanto que pueden ser consignados para pedagógica edificación en los manuales escolares. Los hechos, la historia narrada por el novelista cubano, se está repitiendo ahora en España bajo el dictado de los caprichos y encierros de ciudadanos que impone "manu militari" el gobierno Sánchez.

Es particularmente oportuno, tétrico y patético lo que se dice en el capítulo que trata de los agrimensores y lo que acontece en España. Según Alejo Carpentier "una mañana aparecieron los Agrimensores… Desenrollaban largas cintas sobre el suelo, hincaban estacas, cargaban plomadas, miraban por unos tubos y por cualquier motivo se erizaban de reglas y cartabones. Andaban de aquí para allá, insolentemente, midiéndolo todo y apuntándolo con gruesos lápices de carpintero, en sus libros grises."  En la España aherrojada y controlada férreamente por el gobierno de Sánchez, comenta don José María, los agrimensores no se han visto aún, que yo sepa, por la piel de toro, pero no cabe duda de que la  han medido y han pasado los datos de la medición al gobierno y el gobierno ha delimitado ‒ha perimetrado, añado yo‒ un espacio, el suyo, de riqueza y se ha dotado de látigos disfrazados de leyes para echar a los cuarenta y seis millones de españoles de a pie al otro espacio, al de la España basurero, de tal manera que los ciudadanos españoles, los cuarenta y seis millones en cuestión, estamos ya en él y ahí nos pudriremos. Los españoles somos basura, material de desperdicio, detritus orgánicos. El antiguo solar de España es ahora, en efecto, no sólo un basurero, sino un pudridero nada áulico, como lo fue el del Monasterio de El Escorial, y en la cerca que lo delimita y lo separa del confortable espacio que se han reservado los gobernantes y los políticos se pueden ver alambres con púas, hoces y martillos electrificados.

Nunca pensé ‒yo sí, José María, quizá por ser bastante más viejo que tú y, por ello, más pesimista‒ que llegaría a estar encerrado, confinado, recluido en este horroroso lugar sin derechos y sin libertades. Creo que no deberíamos seguir tragando".

Eso último no lo digo yo, sino el autor del artículo, y ni siquiera lo comparto, pues soy taoísta, epicúreo, estoico, cínico a la manera de Diógenes, y como éste, refugiado en mi barril, equivalente al famoso huerto en Estambul del Cándido de Voltaire, me encojo de hombros, sonrío, me envuelvo en el escepticismo, el desapego, la ataraxía, la acedía propia de mi edad y la melancolía rayana en la benévola misantropía, y veo pasar la vida a la espera de que desfilen ante su portal los cadáveres de mis enemigos. Yo también moriré, claro, aunque de nadie he sido enemigo. Adversario sí, pero eso es cosa muy distinta. El adversario corre hacia ‒del latín versus‒, con la mano abierta y tendida, mientras el enemigo corre contra con una daga empuñada. Escribo esto, extraña y fúnebre sincronía, el Día de Todos los Santos, aunque no sin preguntarme si en un país como éste, infectado por todos los pecados capitales, quedan santos fuera de las sepulturas. Generalizo, sí, pero no es para menos, viendo lo que hacen quienes mandan, lo que arguyen quienes se les oponen, a excepción de un solo grupo de valientes, y cómo tragan, José María, quienes se limitan a acatar y a cencerrear con tal de que les permitan divertirse un poco. El homo festivus, profesor, ese triste espécimen antropomórfico jaleado por los planes de estudios y los medios de lobotomización, mal llamados de información.

Ayer, viernes 30 de octubre, pude comprobarlo por enésima vez. Vine de Soria a Madrid, acojonadito por la difusión del virus, todo hay que decirlo, llegué a mi barrio de Malasaña hacia las seis de la tarde y vi que todas sus terrazas estaban llenas a rebosar, sin distancia alguna entre sus usuarios y sin mascarilla alguna que los protegiese.

¡Danzad, danzad, malditos!, pensé, parafraseando el título de una película célebre que fue llevada al cine. La música más apropiada para hacerlo sería la de una canción muy pegadiza, y en otros tiempos muy popular, que en su estribillo decía: «¡Rascayú, cuando mueras que harás tú! / ¡Tú serás un cadáver nada más!». Pero seguro que, entre las personas que intercambiaban conversación, cervecitas y virus en las terrazas, muy pocas, quizá ninguna, conocen, por razón de edad, esa canción que yo, en  mi niñez, junto a otros arrapiezos de mi edad, todos con una calabaza vacía e iluminada por una vela en su interior, metíamos miedo a los viandantes en tal día como hoy. Pueden escucharla en Alexa, jovencitos.

Confío en que los seguidores de Estado de Alarma, éste para el que escribo, no el otro, y en el que grabo lo que escribo, no se tomen a mal lo que acabo de escribir y de grabar. Sonrían un poco, pero háganlo, si están acompañados, debajo de sus mascarillas. ¡Qué diablos! Nunca peor dicho. Estamos en el Día de Todos los Santos, háyalos o no entre los vivos. Sólo se muere una vez. O varias. Soy reencarnacionista. Pórtense bien. El karma se lo retribuirá. Volveré el próximo martes con una nueva entrega del estrafalario nacional. Si estoy vivo, claro. Y lo estaré.

Déjanos tu comentario

Para publicar tu opinión sobre este contenido, regístrate de forma gratuita.

Cargando...

0 comentarios