Hasta pronto, Míster Trump

Es asombroso. Son las cinco en sombra de la tarde del día 7 de noviembre. Sábado, por más señas. En el momento de escribir esta columna aún no ha terminado el recuento de todas las papeletas ‒todas, digo... Las presenciales, las postales, las legales y las de matute‒ en Estados Unidos. Va, al parecer, para largo, a la espera, además, de la trayectoria que las alegaciones y denuncias de Trump pueda seguir en el ámbito de la Justicia y, eventualmente, si se llega a tanto, en el veredicto final del Tribunal Supremo. Mi anterior columna en Estado de Alarma, que apareció justo en el instante en que las urnas cerraban y comenzaba el recuento, llevaba por título «La noche más larga». ¡Y tanto! Tan larga, en efecto, ha sido, que ahora, cuatro días después, aún no ha terminado. Podríamos exhumar, para definirla, otro título: el de una película norteamericana de 1953, dirigida por Fred Zinemann, que tuvo un montón de Óscares: De aquí a la eternidad. Los de mi quinta la recordarán. La censura, por cierto, metió las tijeras cuando se estrenó en España. No tendremos que esperar a la llegada de la eternidad, que nunca llega, para que sepamos quien va a ocupar de una puñetera vez el sillón del Despacho Oval de la Casa Blanca, pero una eternidad se nos está volviendo a todos tan incierta espera.

Sea como fuere, Biden y Kemala Harris han ganado, de momento, las elecciones. Las habían ganado ya, según los santones de los medios de comunicación y los turiferarios del discurso oficial, ya antes de que comenzaran. Lo que vaya a suceder a partir de ahora es cosa que a este cronista y llanero solitario no se le alcanza. Ya se verá. Algo, en todo caso, dígase lo que se diga y suceda lo que suceda, parece evidente: la todavía hipotética victoria de los demócratas ha sido pírrica y la no menos problemática derrota de los republicanos también. Cabría, incluso, recurrir, parafraseando la áulica proclama ritual de las monarquías francesa, británica, danesa y otras cuando muere o moría uno de sus monarcas, al solemne grito de «El Rey ha muerto... ¡Viva el Rey!», pues una vez desalojado Trump de la Casa Blanca, eso no significa ni mucho menos que sus seguidores se disuelvan, que el trumpismo ‒perdonen que invente esa palabra‒ desaparezca y que la carrera política y prolífica del vigoroso, excéntrico y discutidísimo líder que durante cuatro años ha manejado el timón del país más poderoso de la tierra haya terminado. No soy yo la única persona que lo dice. Mi opinión, por ser pública y notoria mi identificación con el ideario del mandatario en cuestión, a quien siempre, desde que irrumpió en el avispero político de su país, he apoyado contra viento y marea en mis columnas, carece, a priori, de credibilidad, pero incluso muchos de los corresponsales de prensa y de los observadores políticos que le han prodigado críticas a decir poco acerbas y, desde luego, nada cariñosas, reconocen que la sombra o la luz, según se mire, de Trump va a seguir presente durante largo tiempo en la sociedad estadounidense. Los tertulianos, que siempre apoyan en muletillas sus sermones, dirían que ha venido para quedarse.

El sábado, a la hora de la siesta,  poco antes de ponerme yo a escribir esta columna, llegó a mi correo un mensaje procedente de un profesor, hispanista y periodista norteamericano al que me une larga amistad. Aunque no diré, por discreción, su nombre, voy a leer el mensaje que me envía. Imposible es para mí verificar su exactitud, pero la proximidad del autor al escenario del contencioso electoral que tiene al mundo con el alma en vilo, la información que suele manejar y su honradez, que me consta, son argumentos más que suficientes para reflexionar, como mínimo, sobre todo lo que aventura. El mensaje dice así: «Queridísimo amigo: Espero se encuentre bien. Antes que nada le pronostico un futuro positivo para Trump y le hago partícipe de tan audaz  predicción por si quiere hacerla suya en Twitter y dar un hálito de esperanza a sus seguidores. Trump va a perder en una horas los votos del Colegio Electoral mediante fraude. Eso es más que evidente. Darán como ganador a Biden. Sin embargo, Trump aún es presidente y comandante en jefe del ejército, y lo será hasta el 20 de enero.  Ahora se encuentra recabando las pruebas necesarias para llevar el caso a la Corte Suprema. Existe un teléfono para que las personas poseedoras de ellas llamen y las proporcionen. Una vez que el caso llegue a tan alto tribunal tiene todas las posibilidades de prosperar ya que lo deciden nueve jueces y seis son republicanos y sólo tres son demócratas.

Trump ya veía venir lo que está sucediendo y por eso, en cuanto murió la juez Ruth Bader Ginsburg, más conocida por su acrónimo R.G.B,  convertido desde hace muchos años en banderín de enganche y señuelo de los grupos radicales de feministas, abortistas  y homosexuales, nominó a Amy Coney Barret para que ocupara su puesto antes de las elecciones  e inclinase a su favor la balanza del delicado conflicto legal que, a su juicio, se avecinaba. Yo creo que lo hará, aunque no es  eso lo que dice la prensa vendida. Déjelos que celebren durante unas semanas lo que podría ser una victoria momentánea. La derrota de los progres será aún más amarga cuando Trump ponga boca arriba, con el aval de la Ley, todos los naipes tapados de la corrupción de los demócratas. La moneda aún está en el aire. Ya veremos de qué lado cae. Un abrazo».

No voy yo, por mi parte, a subrayar por enésima vez lo que ya tantos han subrayado: el estrepitoso descrédito de las encuestas y del wishful thinking de quienes han financiado, orquestado y jaleado la apabullante, anunciaban, victoria de un candidato decrépito que probablemente ha sido puesto ahí, sacándolo de las más tenebrosas catacumbas del Partido Demócrata, para que por primera vez en la historia de Estados Unidos llegue a la presidencia del país una mujer, y no una mujer cualquiera, sino alguien, muy activo, que encarna y defiende, como lo hace Kemala Harris, las posturas más radicales del feminismo ultra. No quiero pecar de exceso de conspiranoia, pero la semilla de quienes, con razón o sin ella, la padecen ha cogido ya arraigo de muy difícil extirpación en las cabezas y los corazones de la mitad de los habitantes del país. Los muertos que algunos matan, aunque esa frase no está en el Tenorio como tantos creen, gozan de buena salud. Trump, mal que esa evidencia pese a la CNN, el New York Times, el Washington Post, el Time y demás cabeceras mediáticas de la prensa apesebrada, y a los izquierdistas pijos de California y Nueva York, no es un cadáver y, si lo fuera, sería tan difícil de enterrar, por su tamaño y su portentosa vitalidad, como el Amadeo de Ionesco, en la ficción teatral, o el de Franco, en nuestra más reciente realidad.

En noviembre de 2024, si la pandemia y otras imprevisibles circunstancias no lo impiden, las campanas de las elecciones presidenciales llamarán otra vez a rebato, y Trump, si se consolida su derrota en éstas, como parece no ya probable, sino casi inevitable, tendrá entonces exactamente la misma edad que ahora tiene el pelele que lo ha desplazado. Su salud es excelente. La de Trump, no la de Biden, que por su forma de caminar, de hablar y de moverse, parece un zombi. Nada impide que vuelva a presentarse, a no ser que la ley establezca lo contrario, cosa que yo no sé y que me parecería absurda, pues el presidente cesado sólo lo sido durante un mandato, y a ganarlas. Por eso me atrevo a terminar esta columna diciendo, con un par: «Hasta pronto, señor Trump. No se nos vaya. Su país y el mundo le necesitan». Dicho queda. Y que así sea.

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