Historias de un patio de colegio

A veces, las anécdotas, como ésta a lo que voy a referirme en mi columna, son tan significativas que dejan de ser anecdóticas para transformarse en categóricas. En mi época de patio de colegio, los niños de mi generación, todos hijos de la guerra, matábamos las horas muertas del recreo jugando a ser pistoleros, a lanzar tiros al aire y a hostigarnos unos a otros. Era una réplica inocente de la España en la que nacimos, pero nunca pasó de ser lo expresado en el título de esta columna: un juego de chiquillos. Ninguno de los participantes en aquellas refriegas superábamos los ocho años.

Tiempo después, cuando dejamos atrás las aficiones propias de esa etapa de querubes, pasamos a ser, casi todos, hombres de bien. Adultos, vaya. Actuaron ellos, como también lo hice yo, en consecuencia y se olvidaron de la descafeinada violencia que desarrollábamos en el patio para ocuparse -ocuparnos- de cuestiones de verdad. Esa máxima, la de madurar, tendría que servir para todo el mundo, pero no es así. Asisto en estos días, entre risueño y atónito, a la transformación de los españolitos, machadianos o no que sean, en adolescentes perpetuos, y conste que en esta ocasión no apunto, como pudiese parecer, a las turbas de irresponsables que ponen en riesgo la salud propia y la ajena en sus fiestorras, sus botellones, sus bailongos y sus novatadas. A lo que aludo es al estúpido y nada risueño episodio, de esa señora adulta que hace unos días, en la Asamblea de Madrid, celebró -es un decir- la intervención en ella del consejero Javier Fernández-Lasquetty simulando el gesto -el mismo que ejecutaban los niños de mi cole- de disparar con la mano mientras el susodicho respondía a las preguntas de la niña zangolotina, digo, de la diputada en cuestión. Hablo, como supongo que ya habrán imaginado, de una tal Mónica García, líder regional de Más Madrid. Por lo visto, y por lo oído, la pequeña Mónica había preguntado al consejero que si consideraba que la Comunidad de Madrid cuenta con un presupuesto disponible y suficiente para hacer frente a la segunda ola de la pandemia. Y en ese instante, mientras el interlocutor respondía educadamente, la líder de Más Madrid a nivel regional, poseída, digo yo, por el espíritu del mismísimo y más experimentado forajido del oeste americano, hizo varios aspavientos que, pim, pam, pum, terminaron en el gesto de disparo con revólver.

Lo mejor, en mi opinión, llegó después, cuando la pequeña Mónica se sintió agobiada por la repercusión de ese gesto tan feo y se vio obligada a dar su versión de lo que había sucedido en la cámara madrileña. Lo hizo a través de un mensaje colgado en su perfil de Twitter en el que aún ahora puede leerse la explicación más chusca de cuantas he visto en mi vida. La pistolera frustrada, que dice haber señalado durante su actuación a un partido condenado por el Tribunal Supremo, justifica su agresivo juego de manos explicando que se debía a su artrosis de pulgar. ¿Del pulgar? Sería, en todo caso, del dedo índice, que es el que sirve para apuntar y para apretar el gatillo. ¿Recordáis cuando decíamos al profe que los deberes se los había comido el perro? Pues esto es igual. Y yo me pregunto... ¿Qué pensará esta émula de Billy el Niño, o la Niña,  mientras aplaude a sus tunantes? ¿Cantará para sus adentros aquello, tan tierno, tan cariñoso, de palmas, palmitas, higos y castañitas? Capaz es.

Pero, bromas al margen, la actuación de esa mujer, más que grotesca, más que agresiva, más que violenta, es ridícula. Es de patio de colegio. ¿Saben ustedes que el diccionario asigna tres acepciones al adjetivo ridículo? Enumero: persona o cosa que provoca risa o burla, persona o cosa tonta o absurda y hecho o cosa insignificante. Las tres convienen a casi todo lo que actualidad política nos depara. Un adolescente que hace tonterías es sólo un adolescente que hace tonterías y un niño que cree en los Reyes Magos es sólo un niño que cree en los Reyes Magos, y bien está que sea así, pero un adulto que se comporta como si fuera un adolescente es tan ridículo como si a su edad aún creyese en los Reyes Magos, en el ratoncito Sánchez o en el paraíso socialista. ¿En quién pienso? Pienso, hoy, en la pistolera de Más Madrid, ya será Menos, aunque ella no es la única y seguro que, en este país de charanga y pandereta, pronto veremos más gestos para la galería como el aquí citado.

Leí una vez un cuento, autobiográfico y atroz, en seis palabras que decía: "Nacimiento, infancia, adolescencia, adolescencia, adolescencia, muerte". Toda una vida, que diría Machín. Pues eso.

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