La boda de Heidi y Monedero y su extraño viaje a la rica Suiza

Cuando mis hijos eran pequeños no se perdían un capítulo de Heidi. Y claro, yo me los tragaba con ellos. A mí, personalmente, Heidi me caía fatal. Escribí durante una Navidad que Papa Nöel me parecía tonto y que se reía demasiado, y me cayeron chuzos en punta . También que la fiesta de Halloween, de pésimo gusto, era la noche de los gilipollas, y fui objeto de una demanda judicial. Pero hay que volver a Heidi. En sus más de 300 capítulos, y sólo cuando se instala en Munich en la casa de la pesada de Clara y con la señorita Rottenmeyer al mando de su educación, no se cambia de ropa en toda la serie. Siempre la misma camisa, el mismo vestido, los mismos calcetines, las mismas botas, y probablemente, las braguitas no serían una excepción. Siempre las mismas braguitas. Muy espesita Heidi.  Todo el día subiendo y bajando por las montañas, con Pedro o sin Pedro, con cabras y sin cabras, con Niebla o sin él, y al llegar a la casita del abuelo, ni una ducha, ni un cambio de ropa. En España sería de Podemos.

He visto un vídeo colgado en las redes. En él se aprecia el interior de un avión con destino Ginebra. Lo sé, Ginebra es Suiza, una de las capitales financieras del mundo, de la Suiza francesa. Pero de ahí a Zurich, la Suiza alemana hay poco trecho. Y a Baviera se llega con plácida comodidad. En el avión, y es posible que no respondan las imágenes al inmediato ayer, se aprecia a Juan Carlos Monedero ocupando su asiento y al sobrecargo de Iberia dándole la bienvenida. Le acompaña otro podemita, de parecida espesura higiénica, de recelo de cercanía. Sean de ayer o de hace dos meses las imágenes ¿qué hacía Monedero viajando a Ginebra? 

A Ginebra se viaja, preferentemente, a visitar a los directores de los bancos donde los españoles tienen invertidos sus dineros en francos suizos. Ginebra, fuera de los bancos, es una ciudad bastante aburrida. Pero Monedero voló a Ginebra con alegría y gozo. No me cabe en la cabeza que lo hiciera para conocer el estado de sus cuentas o las de Podemos. Los iraníes y venezolanos tienen esas cosas. Que de cuando en cuando, por capricho, envían el dinero a través de los bancos ginebrinos, pero no creo que sea el caso. Monedero, con su fluído francés, puede llamar por teléfono a su banco y preguntar. ¿Nos ha llegado la paga de Irán? ¿Y la de Venezuela? ¿Lo de Soros está ingresado? Y sería cumplidamente informado.

He averiguado, al fin, por qué viaja a Ginebra. Según me han contado, Pedro y Heidi, cuando falleció el abuelo, se casaron. Pedro aportó como dote matrimonial las cabras y Heidi la casita de la cumbre y los prados adyacentes. Pero una cosa es corretear de niños y otra muy diferente convivir en santo matrimonio, y Pedro, después de advertirle a Heidi que de no ducharse con más frecuencia abandonaría el hogar, y al no recibir de Heidi una reacción satisfactoria, se marchó con las cabras a otras montañas. Heidi vendió la parcela, y con el dinero que recibió compró un pisito en Ginebra. Y allí conoció a Monedero. Se enamoraron en la primera ráfaga de la mirada, y como ninguno de los dos se duchaba, lo pasaron divinamente.

Creo que en momentos de tribulación, como los que estamos pasando en España, esta historia de amor resulta necesaria y reconfortante. Heidi tiene ya 59 años, ha engordado y come muchas salchichas cada día. Pero se ha enamorado de Monedero, y el amor carece de fronteras. Se casan el 9 de abril, y bajo el sistema de gananciales. Incluso, es probable que Monedero se quede a vivir en Suiza del dinero del abuelo, que se me había olvidado decirles que el abuelo le dejó a Heidi un pastón en la Banque Generále de Genéve.  No les puedo aportar más datos todavía, pero no cejaré en el empeño de mantenerlos informados.

Y parece que Sánchez nos ha encerrado de nuevo. Se sabía. Ahora, a confirmar el Golpe de Estado, con más apoyos que en el anterior intento.

Déjanos tu comentario

Para publicar tu opinión sobre este contenido, regístrate de forma gratuita.

Cargando...

3 comentarios