La luz de Delibes es alargada

Parafraseo el título de la primera obra con la que el escritor aquí homenajeado irrumpió en la historia de nuestra literatura. Con él entablé el sólido y fecundo parentesco que se establece entre el lector y el autor cuando el primero es aún cachorro y el segundo es ya un maestro desde su primera obra. Delibes nació dieciséis años antes de que yo, en el mismo mes, lo hiciese. Los dos éramos Libra, y esa vecindad es cosa que predispone al recíproco entendimiento.

Leí la novela con la que obtuvo el Nadal ocho o diez años después de su aparición y a partir de ese primer cortocircuito literario derivé a lector devoto. No lo digo porque así lo exija el homenaje orquestado por El Norte de Castilla, periódico que durante tantos años dirigió (y al que siempre he guardado ley, pues en él apareció la última fotografía de mi padre, sacada días antes de que lo detuvieran en Valladolid y se lo llevasen a Burgos para darle inicua muerte en septiembre de 1936), sino porque es cierto.

Leí luego, de una en una, todas las novelas sucesivas, siempre con idéntico fervor, hasta que encontrándome yo en el exilio, salió Cinco horas con Mario, aquel relato de un duelo en el que la sombra del ciprés seguía siendo alargada. Jalones fueron todas ellas de mi itinerario de alevín de escritor: Es de día, Mi idolatrado hijo Sissí, El camino, La hoja roja, Las ratas y, sobre todo, publicadas con anterioridad a las dos últimas, y por extraño que parezca, pues se consideran obras menores, Diario de un cazador y Diario de un emigrante. A mi juicio no lo son, menores, y aún me atrevería a decir que son mis preferidas en lo que al conjunto de su narrativa se refiere.

En gustos y colores ya se sabe. Cada cuál es cada quién. Tanto es así que, siendo yo ya profesor, en 1967, en la Universidad de Estudios Extranjeros de Kioto, escogí los dos Diarios citados para que mis alumnos aprendieran a manejar la lengua en cuya esgrima estaban embarcados. El Diario de un cazador apareció en 1955 y el Diario de un emigrante, que narraba las venturas y desventuras del mismo personaje en ultramar, lo hizo en el 58, el mismo año, por cierto, en que Delibes empuñó el mando de El Norte de Castilla. Yo leí la una y la otra en el verano de 1961. Fueron, como cabe imaginar, lecturas que se grabaron hondamente en mi imaginario y en mi falsilla.

No exagero si digo que, sin ellas, sería yo ahora un escritor distinto al que soy. Lo único que lamento en lo concerniente a tan alto señor es no haber sido capaz de convencerle ‒¿quién no conoce la aversión que sentía a la vanidad de vanidades de la promoción mediática?‒ para que se prestara a someterse al donoso escrutinio de mis programas de libros en televisión. Lo intenté una y otra vez, pero siempre, con bonhomía, rechazó mi petición. Hoy desgrano aquí, con laconismo algunas de las cosas que le habría dicho entonces. Nunca es tarde para rendir veneración a un maestro.

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