Madrid entre el 'no pasarán' y el 'ya hemos pasado'

Poco después de morir Franco formé parte de un jurado que debía escoger el mejor eslogan para definir Madrid entre los muchos que habían acudido a un concurso convocado no sé si por el gobierno de la Comunidad o por el Ayuntamiento de lo que ya había vuelto a ser, tras el paréntesis franquista, no sólo Villa, sino también Corte. El premio estaba muy bien dotado: quinientas mil pesetas... Un fortunón en aquellos años.

En el jurado sólo éramos dos: Antonio Gala y este cura sin tonsura. Los dos habíamos nacido el mismo día ‒un 2 de octubre‒, aunque de distintos años. No creo que ése fuera el motivo por el que nos habían juntado. Tampoco nuestra procedencia geográfica, pues Gala era, y es, andaluz nacido en un pueblo de La Mancha, por paradójica que tal ambivalencia resulte, y yo, aunque madrileño, presumía, y presumo, de ser soriano.

Las deliberaciones fueron fáciles. Antonio y yo no tardamos en llegar al acuerdo que la situación requería. El eslogan ganador rezaba, simplemente, «Madrid, tuyo». Aunque era bonito, afectuoso y muy directo, no cuajó. Pesaba, quizá el recuerdo, por extemporáneo e inoportuno que fuera, de otras frases célebres que en el pasado se habían adscrito a Madrid. Castillo famoso, dijo de éste Nicolás Fernández de Moratín en un romance muy celebrado. Y con razón, pues castillo era Madrid ‒Magerit‒ en tiempos muy anteriores a los que después corrieron hasta convertirse en el sambenito de poblachón manchego que le adjudicó el inefable Cela. Entre lo uno y lo otro llegó la guerra civil, llegaron también las Brigadas Internacionales, mientras las tropas de Franco estaban a diez minutos en taxi de Getafe, y Madrid se convirtió a los ojos de medio mundo y buena parte del restante en la ciudad del ¡No pasarán! Dicen que fue la Pasionaria quien acuñó ese grito de guerra, pero vaya usted a saber, pues a esa mujer de triste memoria se le adjudican muchas cosas que nunca fueron verdad. Otra mujer de muy distinta vitola, Celia Gámez, celebérrima vedette que hoy sería una influencer, le dio la vuelta al eslogan, acabada ya la guerra, y lo trasformó en el mordaz ¡Ya hemos pasado! Para entonces ya no se acordaba nadie del ¡Madrid, qué bien resistes! cantado con su inmenso vozarrón por el afroamericano Paul Robeson, que además de negro era un rojazo. Le rouge et le noire, habría dicho de él el gran Stendhal.

Como vivir es ver volver, según Azorín y tantos otros, la capital del Reino vuelve a ser ahora un castillo sitiado no por los moros del romance de Moratín, sino por las fuerzas separatistas del gobierno de mi homónimo, cuyos somatenes y gudaris aspiran al ¡ya hemos pasado! de Celia Gámez mientras los milicianos de Manuela Malasaña, digo, Isabel Díaz Ayuso y del alcalde de Móstoles, digo, José Luis Martínez-Almeida, recuperan el ¡No pasarán! y el espíritu de aquel otro grito ‒¡El Alcázar no se rinde!‒ que también dio la vuelta al mundo en las infaustas témporas de nuestra guerra civil.

O sea: todo patas arriba, el mundo al revés, la historia, que entre nosotros también se hace farsa en los espejos valleinclanescos del Callejón del Gato, rotos a pedradas por los hinchas del Madrid en 1998, podría volver a ser tragedia: la de los madrileños que, cosidos a impuestos, tendrán que apretarse el cinturón para llegar a fin de mes y que aliviar el bolsillo para no perder la herencia de sus mayores, que legítimamente les corresponde, si los ultras de izquierdas del ¡ya hemos pasado! se salen con la suya, arrían la rojigualda de la plaza de Colón, izan la tricolor, rinden el castillo otrora famoso a los ilegales y a los separatistas, y fríen a los madrileños en la sartén y latrocinio de la doble imposición. Su quinta columna ya está en la Carrera de San Jerónimo mientras Díaz Ayuso y Almeida, tanto monta, monta tanto, llaman a los madrileños a gritar ¡no pasarán!

Yo, que por edad ya soy o debería ser un reservista, me instalo ahora, dicho esto, con una silla de enea en el portal de mi castiza vivienda madrileña y espero que desfilen ante ella no los cadáveres de mis enemigos, líbreme Dios, pero sí sus tropas en retirada. ¡Madrid, Madrid, qué bien resistes! canturrearé entonces, igual que en el otoño de hace ochenta y cuatro años, los que yo tengo, fecha por fecha y facha por facha, si se me permite el retruécano, que sólo quiere ser humorada, lo cantaban los defensores de aquel Madrid que, al decir de Foxá, había pasado de corte a checa. Y si no me hago tirabuzones, ni menos aún, coletas, con las amenazas que esgrimen los fanfarrones, es porque mi pelo de viejo combatiente no da para tanto y encima me lo corté ayer. Pero nada importan canas donde sobra corazón. Espero que Madrid siga siendo estandarte de libertad, territorio libre de impuestos confiscatorios, tumba del coronavirus y, como dijo Machado, rompeolas de todas las provincias españolas. De todas, incluyendo las catalanas y las del País Vasco, que el dios ibero y machadiano, guarde.

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