Noticia de un parricidio

Parricidio: "Muerte dada a un pariente próximo, especialmente al padre o a la madre". Así lo define el Diccionario de la Real Academia, a la que siempre, por cierto, hemos llamado la Española. A la acepción literal de una palabra siempre cabe añadir la figurada. Dos ejemplos relativos al caso del que me ocupo: lengua madre y madre patria.

Los días 19 y 20 del mes en curso se perpetró en las Cortes cada vez menos españolas un parricidio, pues tal es, según la definición transcrita, dar muerte real o, en este caso, metafórica, a la madre y, por extensión, pues son parientes próximos, también a los hijos, a los nietos y a sus futuros descendientes... Todos esos santos inocentes que a partir del momento en que se aplique la Ley Celaá, con doble a de asnalfabetización, serán víctimas del adoctrinamiento totalitario en las escuelas.

Son muchos y muy graves los atentados a la educación, a la autoridad familiar, a la autonomía individual y al libre pensamiento incluidos en dicha ley, pero, por ser yo escritor y en cuanto tal hombre entregado a la tarea de buscar la palabra exacta, de lidiar con la gramática, de rastrear el diccionario y de dar esplendor al idioma que manejo, voy a dedicar mi columna tan sólo a uno de los aspectos implicados en el crimen de lesa patria que el jueves aprobó una exigua mayoría de las personas llamadas a defenderla. Sobra aclarar que me refiero a la descalificación del castellano como lengua vehicular no sólo de todas las regiones de España, sino también de los países que allende los mares, ya sea en América, ya en África, hablan en un idioma común, que es simultáneamente el nuestro y el de ellos. Si un catalán, un vasco y un gallego coinciden en cualquier parte, ¿en qué idioma se entenderán? Vehicular es verbo un poco forzado que viene de un sustantivo, vehículo, y vehículo todo terreno, con tracción trasera y delantera, e incluso anfibio, pues cruza mares, es, efectivamente, una lengua que se habla en confines muy dispares del planeta. Cuesta trabajo entender que la ministra Celaá y los miembros de su peña no reparen en algo tan elemental.

No voy a perderme, debido a ello, en disquisiciones perogrullescas que por pura lógica son de todos sabidas y por muchos compartidas. Me limitaré a leer y a reproducir por escrito los tres sonetos a la lengua castellana que Dámaso Alonso, gran filólogo, buen poeta de la generación del 27. deslumbrante catedrático ‒lo fue mío en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid‒ y director, en su ya lejano día, de la Real Academia Española, escribió casi en la recta final de su fecunda vida. Pido para ellos la atención que merecen y la emoción que en cualquier persona de bien deberían suscitar.

Altero, por razones escénicas, el orden en que fueron escritos o, por lo menos, transcritos. Empiezo por el tercero, sigo por el segundo y acabo con el primero...

NUESTRA HEREDAD

"Juan de la Cruz prurito de Dios siente, / furia estética a Góngora agiganta, / Lope chorrea vida y vida canta: / tres frenesís de nuestra sangre ardiente. / Quevedo prensa pensamiento hirviente; / Calderón en sistema lo atiranta: / León, herido, al cielo se levanta; / Juan Ruiz, ¡qué cráter de hombredad bullente! / Teresa es pueblo, y habla como un oro; / Garcilaso, un fluir, melancolía; / Cervantes, toda la Naturaleza. / Hermanos en mi lengua, qué tesoro / nuestra heredad -oh amor, oh poesía-, / esta lengua que hablamos -oh belleza-.

HERMANOS

Hermanos, los que estáis en la lejanía /  tras las aguas inmensas, los cercanos / de mi España natal, todos hermanos / porque habláis esta lengua que es la mía. Yo digo "amor", yo digo "madre mía", / y atravesando mares, sierras, llanos / -oh gozo- con sonidos castellanos, / os llega un dulce efluvio de poesía. / Yo exclamo "amigo", y en el Nuevo Mundo, /  "amigo" dice el eco, desde donde cruza / todo el Pacífico, y aún suena./ Yo digo "Dios", y hay un clamor profundo; / y "Dios", en español, todo responde, / y "Dios", sólo "Dios", "Dios", el mundo llena.

UNA VOZ DE ESPAÑA

Desde el caos inicial una mañana desperté. /  Los colores rebullían. / Mis tiernos monstruos ruidos me decían: / "mamá", "tata", guauguau", "Carlitos", "Ana". / Todo -"vivir", "amar"- frente a mí gana, / como un orden que vínculos prendían. / Y hombre fui. ¿Dios? Las cosas me servían: / yo hice el mundo en mi lengua castellana. /  Crear, hablar, pensar, todo es un mismo mundo / anhelado, en el que, una a una, / fluctúan las palabras como olas. / Cae la tarde, y vislumbro ya el abismo. / Adiós, mundo, palabras de mi cuna: / adiós, mis dulces voces españolas.

Hasta aquí, los sonetos de Dámaso Alonso. La muerte lo puso a salvo de esta ignominia, pero a nuestros hijos y a nuestros nietos, no. España, con la ley Celaá, toca fondo. Frente a ella, hasta que un gobierno distinto al actual, la derogue, sólo cabe una actitud: la desobediencia, la rebelión cívica y civilizada... Yo, si fuese maestro, docente, profesor, catedrático, pedagogo, no la acataría. Libertad, divino tesoro.

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