Toque de queda

No es lo mismo la acidia que la acedía, aunque las dos palabras provengan de la misma raíz latina. Consulten el Corominas y el diccionario de la Española. La acidia equivale a pereza y es un pecado capital más frecuente en los países del Sur ‒Europa lo sabe bien‒ que en los del Norte y en España e Iberoamérica que en otras partes. La acedía (que también puede escribirse sin acento) es, en cambio, sinónimo ‒relativo‒ de desgana, tristeza, angustia, amargura o, incluso,  un sí es no es de desabrimiento o aspereza. Todo ello con matices y sin llegar a mayores. Las hojas, al transcurrir el otoño, y en él estamos, amarillean. Es una palabra en desuso, como tantas otras del idioma, que se bate en abierta retirada y un concepto nada fácil de explicar. Séneca lo hizo en su tratado sobre la senectud, pero necesitó muchas páginas para ello. Hablar de todo esto suena raro en una web de actualidad y combate, como lo es ésta, pero es lo que hoy, justo en el mismo momento en que la arbitrariedad de los políticos europeos y su falta de inteligencia nos obliga a cambiar el paso de las manecillas del reloj y a retrasar éste al precio de romper el espinazo a los biorritmos ‒¡qué les importará a ellos el equilibrio circadiano!‒, me pide el cuerpo. Del alma, ¿para qué hablar?

A los jovencitos descerebrados por la corrección política, el estado del bienestar, el buenismo, el relativismo, el multiculturalismo, la irresponsabilidad del ideario socialdemócrata, la frivolidad del imaginario del homo festivus y el café para todos de los planes de estudio de nuestra democracia no sólo les sonará raro todo esto, aunque nunca lo leerán, sino rancio, como ellos dicen machaconamente en su neolenguaje orwelliano para tirar por la borda, con desprecio, todas las palabras viejas que, según Antonio Machado, han de volver a sonar. ¿Pecaba el poeta de exceso de optimismo? Han pasado más de cien años desde que lo escribió en sus Proverbios y cantares, y esas palabras no sólo no suenan, sino que, cuando con timidez y sotto voce, lo hacen, desentonan, se juzgan rancias, obsoletas, anticuadas. ¿Acidia? ¿Acedía? ¿Alma? ¡Dios mío! ¿Qué será eso? ¿Dios mío he dicho? ¿Quién será ése?

He contado ya en bastantes ocasiones cómo, hace unos años, al término de una conferencia impartida por mí en el salón de actos de una universidad española, intervino en el coloquio que la remataba un chico de aspecto espabilado, dueño ya, según explicó, de un título de licenciatura en económicas, y me preguntó por el significado de un adjetivo, rarísimo, añadió, que yo había mencionado en el curso de mi intervención. «¿Cuál», pregunté. «Eximio», dijo él, dejándome estupefacto ante aquella demostración no de acedía, sino de acidia, esto es, de pereza, de pereza mental, pues sólo ésta podía explicar tamaña demostración de asnalfabetismo en todo un señor licenciado. Me sobrepuse, recuperé el aliente, sonreí para aliviar la aparente acedía de mi respuesta y le dije: «Pues mire usted. Eximio significa que usted no es un ex simio, sino un simio que todavía no ha bajado del árbol». La gente se rió por lo que sólo era una broma, un juego de palabras, y hasta el aludido lo hizo. Hoy, en vez de reírse, me habrían censurado por mi falta de empatía, horrenda palabreja que antes nadie utilizaba, con la demostración de supina ignorancia  en la que aquel muchacho acababa de incurrir. En fin...

Recupero el hilo, y lo remato, de estas melancólicas reflexiones otoñales inducidas no tanto por la llegada del otoño y de sus hojas amarillentas, que antes de serlo se vuelven rojizas y extraordinariamente bellas, sino por la contemplación del paisaje moral y mental dejado por la batalla de la Covid 19 en un mundo que, por más que los afirmacionistas y los negacionistas pataleen, jamás recuperará lo que antaño, hasta hace muy poco, se consideraba normalidad. Mentira parece que no se den cuenta ni los políticos, ni los empresarios, ni los economistas, ni los sociólogos, ni los teólogos, ni el Papa anticatólico, ni los científicos, ni los sanitarios, ni los intelectuales, ni los adolescentes profesionales que sólo sueñan con sus botellones, sus restregones y sus cervecitas, ni los pobres de solemnidad, ni los millonarios, ni los inmigrantes, ni los homosexuales, ni los heterosexuales, ni los candidatos a la presidencia de Estados Unidos ni, por supuesto, los patéticos periodistas que sólo saben repetir y repetir y repetir lo que sus amos les dictan.

El turismo, señores, no va a volver, la Bolsa no se va a recuperar, la economía tampoco, la libertad menos, las vacunas, si llegan, servirán para muy poco, los derechos humanos se convertirán en una entelequia, las calles serán la sombra de lo que fueron y el virus, o sus futuros hermanos biológicos, seguirá demostrándonos que el progreso no es utopía, sino distopía, y que los hombres somos juguetes rotos ante y por la fuerza sobrehumana ‒sobrehumana, sí‒ de la madre naturaleza. O nos avenimos a ella y, de una vez por todas, en vez de avanzar, retrocedemos y rebobinamos el desarrollo renunciando a él o estamos fritos. Disculpen que hoy, después de ver lo que vimos en la moción de censura y de echar la cuenta de la vieja con los datos que el devenir de la pandemia arroja, diga lo que estoy diciendo. ¿Exagero? Sí, pero en un momento como éste, cuando todo se hunde alrededor, más vale exagerar que minimizar. Será porque ha llegado el otoño, será porque me asomo a la azotea de la agreste casa rural en la que vivo y veo cómo las hojas de los árboles, aún rojizas, amarillean, será porque hace muchos años. alrededor de setenta, leí una novela argentina que se titulaba Todo verdor perecerá, o será porque hoy, sencillamente, me he levantado así  y quizá mañana, pese a todo, sea otro día.

Amigos: el mundo se ha acabado... Plantemos cara a la puta realidad. Bajemos de los árboles. ¿Vuelta a empezar?

Déjanos tu comentario

Para publicar tu opinión sobre este contenido, regístrate de forma gratuita.

Cargando...

0 comentarios