Vendrá la noche más larga

Esta columna sale a las doce en punto de la noche del martes... O sea: la de hoy, la que conduce al amanecer del miércoles. En Estados Unidos serán en ese momento las cinco de la tarde, quizá las seis... No lo sé con exactitud, pues siempre me hago un lío con los husos horarios y la arbitrariedad de las horas legales ‒¡como si las hubiese ilegales! Otra estupidez más, típica de los europeos‒, pero barrunto que no me equivoco si digo que, grosso modo, estarán chapando ahora en Yanquilandia las urnas del derby entre los dos candidatos a convertirse en la persona más poderosa de la tierra. La verdad es que digo esto cum grano salis y tentándome la ropa, pues quizá ya no sea el locatario de la Casa Blanca tan omnipotente como lo venía siendo desde que sus legiones desembarcaron en el litoral de Normandía. El fiel de la balanza del poder omnímodo oscila ahora entre Washington y Pequín, dicho sea sin menosprecio de ese huésped incómodo y tercero en discordia que es el Zar de todas las Rusias. Y al fondo, por cierto, allá en los alto de los alminares de las mezquitas, en los patios recoletos de las madrazas y en lo que otrora fuese Constantinopla y hoy se llama Estambul, el permanente estado de jaque del Islam. París, Niza, Viena, Kabul... Fuego graneado.

He pospuesto a lo largo de todo el día la redacción de esta columna, que generalmente grabo a las dos de la tarde, tratando de averiguar si al hilo de la jornada llegaban a mis ojos o a mis oídos noticias significativas y no meramente anecdóticas o algorítmicas acerca de lo que estaba sucediendo, o había sucedido, o iba a suceder, en la gran kermesse electoral del país que todo lo convierte en espectáculo, incluso las guerras libradas más allá de sus fronteras. No las ha habido, como era de esperar o por lo menos de desear. Tiro, pues la toalla y abro, por fin, el ordenador para inscribir en el cristal líquido de su pantalla unas últimas consideraciones, estrictamente personales y no, líbreme Dios, vaticinadoras, aunque sí volitivas, a propósito de este segundo Día D y segunda hora Hache en los que el destino, como decía, de la humanidad, y no sólo del país que sirve de escenario al espectáculo, se juega su futuro no por un puñado de dólares, aunque también, sino por un puñado de votos. Ha habido tal maremágnum de encuestas y de enrevesadísimos cálculos por ellas generados que es vana tarea la intentona de llegar a conclusiones previas sobre el resultado verosímil de una contienda en la que saltan al ring dos boxeadores de muy distinta talla, peso, energía, propósito y voluntad. Uno de ellos, Trump, se caracteriza por su dinámico juego de piernas, de brazos y de guantazos; el otro, Biden, a primera vista, es un guiñapo, un pelele, un dormilón con músculos de trapo, en cuya casa electoral es su coequipier, Kemala Harris, quien lleva los pantalones y empuña el minipimer, pero ese aparente desequilibrio de fuerzas no garantiza que el aspirante al título se vea noqueado por el gigantón que aún está en posesión de él.

Voy a presumir un poco, pero no mucho. Las cosas han cambiado de arriba abajo desde las anteriores elecciones de ese mismo país, que se remontan al 7 de noviembre de hace cuatro años. No titubeé entonces en manifestar, a contra corriente, mi apoyo a Trump frente a Lady Macbeth Hillary, que era la favorita de todos los encuestadores y de quienes no lo eran, e incluso llegué al extremo de vaticinar que sería Trump el elefante republicano ‒a trompa suena su apellido‒ que frenaría y convertiría en cansino trote el galope del borriquillo demócrata de su oponente. Fuimos muy pocos, al menos en España, quienes desde los medios de información nos atrevimos a apostar por quien entonces aún no era, como, a mi juicio, lo ha sido Trump, uno de los mejores presidentes en la historia de Estados Unidos, garante, frente a los antifas de los suburbios y los señoritingos de Nueva York y California, de la Ley y el Orden . Me pusieron verde los caniches de costumbre, pero me la jugué y acerté. Tampoco titubeo ahora, como acabo de demostrar, en manifestarle mi apoyo, que no le servirá de nada, ni en exponer mi deseo de que las urnas vuelvan a sonreírle y mi convicción de que el triunfo de Biden y, con él, del ideario progre, sería catastrófico para su país y para el resto del orbe. Pero ya no me atrevo a pronosticar lo que hace cuatro años aventuré. La campaña de mentiras, de calumnias y de agitprop orquestada por la práctica totalidad de los periodistas apesebrados y de los politólogos domesticados ha sido de tal calibre que hasta podría suceder que Trump besara la lona a impulsos de los golpes bajos asestados por el sparring que tiene enfrente. No sé. Pinta mal. Lo reconozco. Huéspedes se me vuelven los dedos que en este instante aporrean el teclado.

Termino ya. Dentro de nada, a las doce y media, comenzará el recuento. Tengo dos televisores preparados para seguir a dos cadenas diferentes y de distinto sesgo ideológico. No diré cuáles. También he metido en la cubitera una botella de champán ‒francés, por supuesto. Otro no hay que merezca ese nombre‒ y la iré bebiendo poco a poco al hilo de esta noche de incruentos, esperemos, cuchillos largos. Lo anuncié ayer en mi cuenta de Twitter. Si gana Trump, beberé para celebrarlo. Si gana Biden, lo haré ‒es un clásico‒ para olvidar. Dicho queda, señores... Que Dios, la suerte y la voluntad de los votantes ayuden a quien lo merece, y a todos nosotros también. ¡Segundos fuera! Va a comenzar el combate. Me persigno y descorcho el champán.

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