Vivir a contrapelo

Ahora, con la pandemia liada al cuello y trabándonos los tobillos, todo el mundo vive al ralentí, menos el jefe del Gobierno, que llega a La Toja seguido por una  comitiva áulica de diez cochazos y saca su avión privado con el desparpajo de quien lleva su perra a pasear. Vivir al ralentí es como hacer prácticas de tiro  con silenciador o como hacer el amor vestido de astronauta. Lo contrario sería vivir a horcajadas de una Harley Davidson con escape libre. Es lo que hacen los eternos adolescentes, criados a los pechos de los sucesivos planes de estudio de la democracia, destetados con la ponzoña de la televisión e hipnotizados por el chisporroteo de los teléfonos idiotas, que siguen celebrando botellones, bebiendo a morro y perreando en discotecas para que la fiesta no decaiga y el virus se lleve por delante a los adultos, esa especie en extinción.

Entre el ralentí de las personas obligadas a él por el recrudecimiento de la pandemia y el despotismo de las autoridades y el escape libre de los jovencitos con medio dedo de frente hay una tercera forma de encarar la existencia: vivir a contrapelo de las ideas dominantes y de los usos y costumbres vigentes en la sociedad. Parece incómodo, pero no lo es. Yo empecé a hacerlo ya de niño y descubrí que ese modus vivendi es la llave maestra que descorre los cerrojos de la libertad. Uno se mira entonces al espejo y exclama: «¡Carajo! Ése soy yo y no mis circunstancias, en contra de lo que dijo Ortega». No se asusten por prescindir de ellas. Les aseguro que es una inversión rentable en términos de eso que los cursis y los preciosos ridículos llaman ahora, en neolenguaje, autoestima. Antes lo llamábamos amor propio, algo que últimamente no tiene en España buena prensa. Yo, qué quieren que les diga, estoy encantado de haberme conocido y de apreciar sólo a las personas que también lo están. ¡Ay de quiénes se cierran a la evidencia de que la caridad bien entendida y rectamente practicada empieza por uno mismo! Caridad, por cierto, es palabra de origen latino que significa amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Lo de Dios es discutible, pues discutible y nunca del todo demostrada es su existencia y, además, mejor es respetarlo o incluso temerlo que amarlo, pero lo del prójimo va a misa.

El primer volumen de mis memorias lo eran de un niño raro y así las subtitulé. Yo, por ejemplo, prefería leer a dar patadas a un balón, y eso generaba cierta inquietud entre las personas con las que tenía trato. El carácter no cambia nunca. Ahora, por razón de edad, ya no puedo ser un niño raro, pero sí un viejo raro, rarísimo, que no ve televisión ni, en ella, partidos de fútbol, que no sabe qué equipo ha ganado la Champions, que no tiene ni tendrá nunca un smartphone, que no va a bares ni toma cervecitas, que cena a las ocho de la tarde y se mete en la cama, solo o acompañado, a eso de las nueve y media, que prefiere la soledad a la compañía y saludar a la gente con una inclinación de cabeza y no con abrazos, achuchones, palmoteos y ridículos besos consistentes en rozar una mejilla con otra mejilla, que no hace vida social ni acude a fiestas, que no aprecia la grasienta gastronomía española, con alguna que otra excepción, que no cree que España sea un gran país, que es meritócrata y no demócrata por creer que el sufragio universal conduce siempre a la oclocracia, que nunca ha visto un partido de Rafa Nadal, que nunca ha hecho una quiniela ni ha comprado el cupón, que jamás se va de finde ni de puente, que prefiere acabar en la comisaría a ir a un concierto o a un centro comercial, que no utiliza tarjetas de crédito ni cajeros automáticos, que no sabe lo que es el IVA ni un podcast ni un whatsapp ni un algoritmo ni una aplicación, y que a pesar de todo eso, y de lo que, para abreviar, no enumero, vive tan ricamente, yendo de su corazón y de su razón a sus asuntos y siguiendo a rajatabla el saludable principio de que el buey solo bien se lame.

Esta columna de hoy es, mayormente, una humorada, pero con ella también quiero escenificar e incluso proponer, aunque no imponer, una forma de vida estrictamente individual, y por ello al alcance de cualquiera, que ayuda a sobrellevar con desapego budista, con ataraxía estoica, con alegría epicúrea, con indiferencia taoísta y con acedia senequista, las despóticas medidas impuestas por el coronavirus y por quienes en beneficio propio lo gestionan. A mí nadie puede confinarme porque estoy confinado en mi interior desde que nací. Niño raro, viejo raro. Por el placer de morir sin pena, dijo san Agustín, merece la pena vivir sin placer. Soy a fuer de platónico, agustiniano, y nada busco que no esté dentro de mí. Eso se llama autonomía emocional. Suena raro en estos tiempos, bien lo sé, pero les aconsejo que la practiquen. Y si no lo hacen, que no lo harán, allá películas. Ni ralentí ni escape libre. Vivan a contrapelo, sean ustedes mismos, no vayan adonde va Vicente. Del viejo, el consejo, reza un refrán. Yo ya he cumplido.

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